Quién sabe por qué terminamos los dos, justo nosotros dos, encerrados entre esas -casi- cuatro paredes.
Él, incapaz de quedarse quieto, se escondía en cada sombra que encontraba, daba vueltas por todo el lugar, como intentando escapar. ¿De qué? Supongo que de mí, me habrá visto como una amenaza.
Yo, por mi parte, permanecí inmóvil durante todo el trayecto.
Pasados unos minutos -manteniendo cada uno su posición-, su mente decidió que ahí no había lugar para ambos y, sin pensarlo dos veces, huyó por un hueco de la puerta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario